Fiesta de independencia en la patria del criollo

Esto es lo que vimos en las fiestas patrias: a ese parchado exiguo se agrega lo que se alcance a demarcar con las barreras metálicas que logran amontonar en el parque.

El fin de semana circularon en redes sociales imágenes de la muy deslucida conmemoración oficial de la independencia. Una plaza vacía y rodeada de barreras. Un desfile al que solo asisten los que no tienen otra opción.

Con solo 2 años por llegar al bicentenario de la invención de este país, al pernicioso presidente solo la acompañaron sus adláteres. Y los estudiantes de la escuela militar, que solo van quedando para amenizar las fiestas.

Visualmente lo más dramático fue el contraste entre las fotos de celebraciones atiborradas de gente en México y El Salvador por un lado y la desolada plaza en Guatemala por el otro. Sin embargo, más que su aspecto importa su significado. Porque podríamos usar la ocasión para denostar al grandísimo incompetente que aún por demasiado tiempo tendremos que aguantar. Pero la clave está en entender lo qué representa este evento, esa plaza vacía.

No son novedad las barreras y el yermo cívico. Apenas hace 2 semanas Morales hizo lo mismo para encender el «fuego patrio» con el presidente del congreso, su compañero de destrozos. Y hace unos años Otto Pérez —más experto pero no menos corrupto— ya había hecho lo mismo. Ante una sociedad que apretaba en demandas por todos lados, optó por atrincherarse, cerrar el parque y celebrar él solo con su gente.

En cada caso la señal nos refiere a un fenómeno más profundo: la contracción brutal del alcance de la «patria» que fundaron los liberales decimonónicos. De lo heredado tras la fragmentación de las Provincias Unidas de Centroamérica nunca pudieron afirmar soberanía sobre los territorios ocupados por Inglaterra. Luego el muy liberal y vendepatria de Estrada Cabrera no tuvo problema en entregar otro trozo de soberanía a la United Fruit Company, sembrando el infierno que luego todos cosecharíamos en la segunda mitad del siglo 20: el control del territorio solo vendría de la destrucción de la población. Jorge Ubico antes de la guerra y sus herederos post-conflicto se dieron completamente por vencidos para declarar soberanía sobre tierras y personas. Lo suyo se limitó y sigue limitándose a entregar control local a caciques, hacendados y, más recientemente, narcos, a cambio de apoyo electoral.

Los criollos de la patria no controlan sino un parchado de pequeños territorios. En la ciudad capital se reduce a las zonas 9 y 10, las partes «bonitas» de las zonas 14 y 13 (sobre todo el aeropuerto), un hilo que las conecta con Cayalá, Vista Hermosa, «Carretera» y poco más. Y fuera de la capital apenas en sus fincas y negocios. Así que el adefesio que hoy gobierna no hace sino afirmar una larga herencia cuando entrega ley, espacio aéreo, dignidad y gente pobre, ¡todo!, al aberrante presidente Trump con su odio a los migrantes más indefensos.

Y esto es lo que vimos en las fiestas patrias: a ese parchado exiguo se agrega lo que se alcance a demarcar con las barreras metálicas que logran amontonar en el parque. Tomemos conciencia: quienes expulsaron a la Cicig lo hicieron por sacar la justicia de su atrincherada patria enana. Quienes hoy sesionan en el Congreso son diputados de esa república perversa. Quienes intentan ahora llegar a las magistraturas y cortes quieren adjudicar sobre su exiguo territorio y cerrada membresía. 

En los extramuros quedamos el resto: ciudadanos solo cuando conviene para el voto, la extracción, el tributo o la manipulación, pero no para ejercitar una ciudadanía efectiva, menos aún para gozar del bienestar con esperanza. Por eso para nosotros la agenda es clara: el futuro, si ha de ser democrático, tendrá que acabar con esa patria del criollo y deberá incluirnos a todos.

Ilustración: Calavera (1887-1888), de Vincent Van Gogh

Original en Plaza Pública

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