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Vivimos atrapados en nuestra cabeza. Todo lo que vemos, oímos, olemos y tocamos, necesariamente es recibido primero por los sentidos, transmitido por los nervios y procesado por el cerebro.
Solo a partir de allí experimentamos la «realidad» en esta misteriosa construcción, nuestra conciencia, que filósofos y neurocientíficos no terminan de descifrar. El color de un amanecer y la caricia de quien amamos, pero también la infelicidad ante las limitaciones materiales y el desprecio al otro que nace del prejuicio, solo se hacen ciertos para cada quién dentro de la caja dura y oscura del cráneo, en el litro y pico de masa gelatinosa del cerebro.
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En un triunfo de práctica política, Movimiento Semilla no solo consiguió la investidura del presidente Bernardo Arévalo y su compañera de fórmula Karin Herrera, sino que se quedó además con la presidencia de la junta directiva del Congreso.
La elección presidencial podría atribuirse al cambio sociodemográfico que hizo que la clase media guatemalteca sea más urbana, indígena e internacional. Y llegar a la investidura de Arévalo debe mucho al insistente apoyo de los pueblos indígenas. Pero el logro en el legislativo es de otra categoría: el liderazgo partidario da señas de madurez como operador eficaz de alianzas políticas.
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Bernardo Arévalo recién ha vuelto a Guatemala, luego de visitar Washington, D. C. El momento da para ser cautelosamente optimistas: el intento de golpe no solo no prospera, sino enfrenta reveses.
Las reuniones del presidente electo con migrantes guatemaltecos, funcionarios y operadores políticos y académicos en los EE. UU., su participación como orador principal en la gala del Diálogo Interamericano —un conocido tanque de pensamiento—, y la cobertura de prensa, todas permiten reconocer que goza del apoyo internacional y cuenta con la legitimidad como ganador incuestionable de las elecciones en Guatemala.
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El reclamo de «un futuro sin Cacif» creció en visibilidad con la protesta social contra la persecución judicial injustificada del Movimiento Semilla. Refleja la percepción que muchos tenemos de que el gremio patronal es más que un simple actor en la crisis guatemalteca.
Como buena pieza comunicativa esa expresión es breve, semánticamente densa y, por eso, imprecisa. «Yo soy el camino, la verdad y la vida» no manda marchar sobre Jesús, «Hasta la victoria siempre» desdibuja los fracasos de la izquierda latinoamericana, y «Guatemala no se detiene» tampoco admite el inmovilismo nacional. Pero tales lemas enfocan la atención.
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Maravillosa expresión guatemalteca, detectar la cópula simiesca es pasatiempo bien establecido. Sucede que es demasiado fácil para nuestra mente perezosa aceptar lo que se dice en un vídeo de minuto y medio y lo ilustra muy bien este de José Ardón, un comentarista en República Ge Te. Por eso a veces hay que tomarse un poquito más tiempo y desmenuzar las palabras. Entonces notamos el torso peludo, vemos la curva de la nalga al aire, las vergüenzas a la vista de todos. Y con el niño podemos, al fin decir del argumento: ¡qué va, el emperador está desnudo!
El vídeo trata sobre las crecientes demandas por la renuncia de Consuelo Porras. Si no lo ha hecho ya, véalo primero y luego comento.

El Estado moderno es como un pacto entre miembros de la sociedad. Funciona cuando hay bienes públicos que, al considerarse de todos, no sirven solo el interés privado. El reto es que, a la vez, el gobierno legítimo debe monopolizar su control a través del aparato público, para servir al conjunto de la sociedad. Ambas condiciones —bienes públicos y gobierno monopolista legítimo— sostienen el acuerdo del Estado moderno.
Es un pacto paradójico: las élites deben ceder poder sobre el Estado para ganar sosteniblemente los privilegios que él les garantiza. Y para ganar legitimidad el Estado no debe servir solo a las élites. Explica García Linera1 que es ese peculiar balance el que permite que el poder público no devenga en caos y tampoco en dictadura.
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